Ocurrio en 1883, poco después el Sol se volvió verde y la Luna azul. Muchas crónicas de la época aseguran que el fenómeno pudo observarse durante días en muchos lugares del mundo, cómo no, la atmósfera tuvo mucho que ver...
| A simple vista, la escena parecía imposible. La Luna, que normalmente se percibe blanca, plateada o anaranjada según su posición en el cielo, adoptó varios días de 1883 tonalidades azuladas e incluso violáceas. El Sol, por su parte, llegó a describirse como “azul brillante” o de “un espléndido verde”. Un comportamiento óptico tan extraño que durante décadas alimentó dudas sobre su verdadero mecanismo. La explicación, aunque por aquel entonces no se sabía, estaba clara: la gran erupción del volcán Krakatoa, ocurrida aquel mismo año y que se escuchó a una distancia de 5.000 kilómetros de distancia, había cargado la atmósfera con gases y diminutas partículas. Lo que faltaba por aclarar era por qué ese material no intensificó los tonos rojizos habituales, sino que alteró la luz de una manera mucho más rara, hasta favorecer una apariencia azulada o verdosa tanto en amaneceres como en atardeceres. En condiciones normales, la atmósfera dispersa con mayor facilidad la luz azul que la roja. Por eso, cuando la Luna está baja en el horizonte, suele verse más amarilla o anaranjada: su luz atraviesa una mayor cantidad de aire y las longitudes de onda cortas se desvían antes de llegar al ojo humano. Sin embargo, en 1883 ocurrió justo lo contrario y esa inversión exigía una causa muy concreta. Durante años se planteó que el fenómeno podía deberse al vapor de agua. Los modelos más recientes, no obstante, consideran esa hipótesis poco probable y apuntan con más fuerza al dióxido de azufre y a otros compuestos expulsados por el volcán. Esos materiales quedaron suspendidos en la atmósfera y modificaron el paso de la radiación visible de una forma selectiva. Leer el articulo completo, clic! El Confidencial.com / Ciencia |








