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jueves, 9 de julio de 2026

ESPACIO / UNAS ESFERAS DE CRISTAL DERRETIDO

Revelan la existencia de un objeto que lleva un millón de años merodeando nuestro planeta. Los científicos sospechan que se trata de un asteroide cercano a la Tierra, a pesar de ello, la única evidencia que existe de él es este rastro de polvo cósmico...

Unas diminutas esferas de cristal derretido, recuperadas entre el polvo cósmico que cae sobre la Tierra,
han supuesto una pista inesperada sobre un cuerpo espacial desconocido. El hallazgo, descrito en un estudio publicado en Science Advances, apunta a que un objeto cercano a nuestro planeta podría llevar más de un millón de años dejando su rastro microscópico en la atmósfera terrestre.

Cada año, miles de toneladas de micrometeoritos atraviesan la atmósfera como partículas casi invisibles. Muchos son más pequeños que una semilla de amapola y proceden del polvo liberado por asteroides y cometas. Al entrar a gran velocidad, se funden por el rozamiento y se transforman en diminutas esferas vítreas, conocidas como esférulas cósmicas, capaces de conservar información química sobre su origen.

La novedad es que una parte de esas partículas no encaja con ningún material conocido en las colecciones actuales de meteoritos. Los investigadores hablan de un cuerpo parental “perdido” o ausente, no porque haya desaparecido necesariamente, sino porque sus huellas no habían sido identificadas hasta ahora en los meteoritos estudiados. Según el cosmoquímico Matthias Van Ginneken, de la Universidad de Kent, este trabajo demuestra que los micrometeoritos pueden contener pruebas de una fracción importante del material extraterrestre que no aparece representada en las colecciones.

La pista llevaba años rondando a los científicos. Desde 2005, varios estudios habían detectado en micrometeoritos de la capa de hielo antártica unas proporciones inusualmente pesadas de isótopos de oxígeno. Aquellas partículas fueron clasificadas como grupo 4, pero no podían asociarse a ningún cuerpo parental conocido. En 2020, otro trabajo reforzó la sospecha al analizar ejemplares no fundidos con esa misma señal isotópica, lo que sugería que la anomalía venía del objeto original y no del calentamiento atmosférico.


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